?

Log in

 
 
26 March 2010 @ 11:04 pm
El Libro de los Otros entrega 2  

Los mil ojos que miran desde el espacio


Que quede registro de los hechos ocurridos en el caluroso verano de 1913, en los Pirineos de Navarra, España.


Cuando el profesor Bermejo me invitó a quedarme en su casa a los pies de los Pirineos, pensé que simplemente se trataría de una agradable temporada entre dos amigos aficionados a la investigación. Pero, cuando me recibió en la estación de trenes de Pamplona supe que algo andaba mal, su rostro expresaba el miedo de alguien que ha visto más allá del velo...

Que familiar me era esa sensación.

Durante todo el viaje hacia la casa en las montañas el profesor Bermejo parecía ido. Un silencio poco común invadió sus labios tan habituados a hablarme por horas de las teorías de aquel inglés que tanto le fascinaba: Charles Darwin.

Por más que preguntaba que sucedía, la única respuesta que recibía era un “tienes que ver esto”, muy mal pronunciado. Su acento nunca fue bueno, y ahora que balbuceaba un hibrido extraño entre el inglés y el español, más me costaba entenderle.

Cuando llegamos a la casa ya era de noche. Para mi sorpresa había otros dos hombres esperándonos. Ellos, al igual que Bermejo, intelectuales liberales españoles, evolucionistas, hombres de ciencia que le daban la espalda a las costumbres católicas del país.

Eso fue una suerte para mí, el pragmatismo americano que me caracteriza suele no caer bien entre los fanáticos religiosos.

Al llegar Bermejo me presentó como el profesor Jervas Jermyn de la Universidad de Miskatonic, experto en las teorías de mutación de Hugo De Vries. Para mis adentros me reí, no es difícil ser experto en monstruos si uno mismo lo es.

A pesar de mi evidente cansancio, no hubo mediación que convenciera a estos hombres de esperar hasta el próximo día. Nos equipamos con lámparas de gas y varas para caminar y partimos a internarnos en las oscuras montañas.

Bermejo parecía asustado, sus compañeros, por el contrario estaban emocionados.

Después de andar un par de horas por un sinuoso sendero, llegamos a una estrecha entrada en la piedra. Ingresamos a ella haciendo fila, y entonces el más fornido de los científicos, un hombre apellidado Sánchez-Bengochea, tomó la delantera.

Anduvimos dentro de la fría cueva por cerca de una hora, guiados sólo por la luz de las lámparas que bailaban reflejándose en la piedra.

Entonces llegamos a una pequeña apertura a la altura del suelo. Un hombre entraría en ella sólo en arrastrándose. Y otra vez, sin mediar discusión alguna, los científicos comenzaron a entrar uno a uno a la apertura, hasta que Bermejo indicó que era mi turno, y como en mis mejores años de juventud, me arrastré por la entrada, a la espera de encontrar algo que valiera tanto esfuerzo.

Y lo que había al otro lado no me decepcionó.

Llegamos a una cueva más amplia, yo cabía de pie y no podía alcanzar el techo aún si estiraba mis manos.

En el lugar habían distintos elementos, una figura grotesca tallada en la piedra, y frente a ella un altar improvisado. En los muros había imágenes pintadas con un fuerte pigmento rojo, y sobre el altar había un cuchillo oxidado.

Pero lo más impresionante no era nada de eso, si no el exoesqueleto de algo que al menos habría medido unos 3 metros de alto, tirado en el centro de la habitación. Bermejo y los demás hombres se plantaron frente a él, ignorando lo demás que los rodeaba.

El profesor Sánchez-Bengochea me explicó que él halló esto mientras exploraba la caverna en busca de evidencia geológica útil para su investigación de determinar la edad de los Pirineos.

Bermejo continuó después diciendo que estaban sorprendidos con este descubrimiento, pues no podían encontrar una cadena evolutiva para explicar la existencia de una especie con tales características.

Por el exoesqueleto daba la sensación de estar frente a una langosta gigante, pero que en su cabeza tenía cientos de ojos. Lo que no tenía sentido era lo lejos que estábamos del agua, como para explicar la presencia de esta cosa en aquel lugar.

Claramente no era un fósil, pero yo sabía que tampoco era un cadáver, parecía más bien una muda de piel, la piel de un ser que no era de este mundo.

Lo otro que era perturbador era la imagen esculpida en la piedra, claramente retrataba a la criatura cuyo exoesqueleto habían encontrado.

Lo que a mi me preocupaba era la evidencia que mostraba que esa caverna estaba siendo utilizada como altar para venerar a esta criatura.

Oí por largo rato la discusión de estos hombres de ciencia en silencio. Todos eran de la idea de ir y mostrar esto a la comunidad científica. Estaban seguros de que habían descubierto un eslabón perdido en la evolución, y que ganarían fama mundial exponiendo este descubrimiento al mundo.

Todo lo que decían me parecían tonterías.

Fijé mi atención en lo que había pintado en las paredes, y descubrí, para mi desagrado, que se trataba del lenguaje de los antiguos. “No podemos evitar a los mil ojos que nos miran desde el espacio” decía. Y al leerlo en voz alta, un escalofrío recorrió la espalda de todos los presentes, incluyéndome.

Bermejo me preguntó si tenía idea de que era esa criatura. Y mi respuesta fue simple: fuese lo que fuese la humanidad no debía enterarse de su existencia.

Mi sentencia molestó a los científicos, quienes como buitres sedientos de gloria, se abalanzaron sobre mí cuando di la idea de quemar todo el lugar.

Pobres incautos.

Sacrificando un poco de mi ser los atrapé a los cuatro, y los vi llorar y temblar ante mi poder.

La oscuridad cubrió el lugar, y la piedra brillaba como si estuviera habituada a este tipo de intervenciones del caos.

En ese momento me di cuenta que la única salida era destruirlo todo.

A gritos Bermejo me preguntó que estaba haciendo. Y yo, con una sonrisa, le agradecí por haberme traído hasta ese lugar.

Sánchez-Bengochea luchaba por liberarse de mis ataduras, pero era imposible. Cuando la desesperación lo atrapó comenzó a gritar fuera de sí, llamándome monstruo una y otra vez.

Yo sólo pude soltar una sombría carcajada.

Miré a Bermejo y le dije: “Es una lastima, mi amigo, que hayas sido tu quien encontró esto”. Acto seguido, prendí fuego al templo, acallando las voces inmortales que habitaban en él, y con ellas, las de aquellos científicos que pretendían arruinar nuestra misión.

Desplomé la entrada a la caverna, y volví mis pasos hacia Pamplona. Tenía que salir rápido de España para no levantar sospechas.

Ya en el tren que me llevaría al puerto de Sevilla, para volver a mi querida América, reflexioné un minuto sobre lo que había pasado. Sacrifiqué la vida de un viejo amigo, pero con ello salvé la misión que me ata a este libro.

Conforme, me dormí bajo la luz de las estrellas.

A la luz de aquellos miles de ojos que nos miran desde el espacio.